lunes, 21 de mayo de 2012

Soneto Gaucho


Tengo un oficio duro, como duros los cayos de mis manos.
Del viento tengo la fuerza y de la tierra las mañas.

He nacido jornalero y de sangre sanjuanina,
Conozco los rumbos todos, de mis caminos de Albardón.

El cielo cual limpio paño, envuelve mañanas áureas
Y el canto de los zorzales como gala ceremonial.

Escarlata la piel del vino, aterciopelado su sabor
Que no falte una botella, ésta noche invito yo.

El sol es mi compañero, cuando en el campo arreo
La lluvia es bendita aliada, cuando en el campo siembro.

Que sólo me acuesto y tarde, porque sólo un día amanecí
Pero que nunca faltó pan y trabajo y fuerzas para seguir.

De qué ave me habrán traído, de que nido salí yo
Que mi vuelo es osado y férreo, y mis alas el corazón.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Un hospital de barrio

Un hospital de barrio. Las 7 AM. Los corredores de la guardia con olor a alcohol y desinfectante. El silencio se interrumpe de a momentos por algún llanto pueril o pasos atolondrados que anuncian prisa. El color beige de las paredes y unos carteles deteriorados, hacen el lugar mucho más lúgubre. El ascensor, como es de esperar en éste tipo de establecimientos, no funciona. Escaleras arriba, tercer piso, habitación 251, una mujer reposa en una cama. No duerme, observa como despunta el día, a través de las cortinas semiabiertas de la ventana que da al pulmón del edificio. Hay unas flores marchitas en su mesa de luz, junto a un reloj y unos pañuelos usados. Ella, con las manos cruzados sobre el vientre susurra una oración. Su sábana se humedece de a poco con las paulatinas gotas que emanan sus ojos. Mira la silla vacía, que sigue vacía, que está a unos metros de la cama. Ahoga un sollozo profundo, pero no por mucho tiempo. Se suena estruendosamente la nariz y se limpia la cara. Golpean la puerta. Emite una débil señal para indicar que se puede pasar. Una enfermera, con el delantal más blanco que ella haya visto jamás, sostiene una bandeja que contiene esas benditas pastillas azul y blanca y un vaso con agua. Se acerca sonriente y le acomoda las almohadas mientras la saluda. Después de tragar ineludiblemente las píldoras, la mujer le devuelve el vaso a la enfermera, que todavía sonríe. Antes de que se vaya, le dice “¿sabe qué día es hoy?”, la enfermera de reluciente delantal le contesta “claro, 25 de enero”, a lo que la mujer agrega con pesar “sí, 25 de enero, como hace 43 años cuando nací”. La enfermera sin manifestar sorpresa, con la misma sonrisa amena con la que entró a la habitación le dice “ya sé Ester, éste es el séptimo cumpleaños que pasás sola, viuda de marido e hijos, divorciada de Dios y casada con una enfermedad crónica. Te gusta reír, pero hace mucho que no lo hacés, así como hace mucho que esperás el abrazo de alguien que te gustaría que se siente en esa silla vacía, y así como esperás que alguien enjugue esas lágrimas que te secás con la manga y que te mojan las sábanas. Te gusta mirar el amanecer, pero detestás esas cortinas chillonas y ese color beige (que ¿a quién se le ocurre combinar con celeste?), y te aterra pensar que te quedan pocos amaneceres que degustar, pero más te aterra (más que la muerte) la soledad, que se acuesta en tu cama, que juega a las cartas con vos, que te escucha los pensamientos y los lamentos, que te envuelve en frías cobijas de miedo hasta hoy”. Naturalmente, Ester la mira con pasmo, incrédula, intentando razonar como una completa extraña pasa lista de sus vicisitudes y deseos, sin errar en absolutamente nada, pareciendo ser quien habla su propia conciencia. Cuando atina a cerrar la mandíbula (que mantuvo abierta mientras oía, sin darse cuenta) se sienta erguida y pregunta titubeante “y... y usted ¿cómo... es que sabe todo eso?”, pregunta que recibe como respuesta algo aún más insólito para ella “yo sé todo de vos, Ester”, traga saliva y prosigue “esto de la enfermera es sólo un disfraz, para no llamar la atención, y esas pastillas son sólo un placebo (y no me extrañaría que las que solés tomar también lo sean). La verdad es que soy un ángel, por extraño que te suene (en éstos días, la gente es muy escéptica al respecto) y me mandó Dios (sí, Dios mismo) para decirte que no estás sola como creés y como pareciera. Aunque tu familia y amigos parecen haberse esfumado y haberte dejado abandonada, aunque no veas presencia física de personas acompañándote, ocupando una silla al costado de tu cama, brindándo en tu cumpleaños con vos, la presencia intangible pero verdadera de Dios te rodea. Tan sólo necesitás fe (aunque no es poca cosa), y tal como dijo Coelho: “la fe es una conquista difícil que exige combates diarios para ser mantenida” (¿qué te creías, que a los seres divinos no nos gusta la literatura?)”. Ester, aún confundida, la mira fijamente y suelta unas lágrimas contenidas. La enfermera, bueno más bien el ángel, se acerca muy despacio con esa sonrisa intensa, le extiende un pañuelo y le susurra al oído “y, por cierto, sos su amada hija, no tengas miedo de volver al hogar”. Dicho esto, la habitación es invadida por una brisa arrolladora, que Ester siente como ese abrazo tan esperado, y puede ver como se agitan las cortinas y como vuelan esas flores marchitas y esos pañuelos usados lejos de su cama. Después de esa ráfaga, Ester ve que el ángel ya no está, pero tiene encima de su vientre una llave. Se siente tranquila y a la vez carcomida por la incertidumbre, pensando si habrá sido una ilusión, si se lo habrá imaginado o soñado. Pero no, ella vio la cortinas bailoteando y ahí están todavía los pañuelos y las flores rotas en el suelo, ya no en su mesa de luz. ¡Eso! De ahí es la llave, abre el cajón de la mesa de luz. Y eso es exactamente lo que hace, abrir el cajón y ve algo que no se esperaba (¿o si?), un libro que reconoce bien, una biblia algo vieja. La toma con sus manos temblorosas y la abre justo donde había colocado un papel señalador. No es posible saber si ella se dio cuenta de que nada es al azar, en definitiva, y que las coincidencias no existen (¿verdad?) cuando leyó en Salmos 25:1 “A ti, Señor, elevo mi alma”.



Ese 25 de enero a las 7:46 AM. Ester dio su último aliento de vida, para volver al hogar

sábado, 17 de marzo de 2012

Confidencias de un fulano

15 de Marzo:

Cretino me dicen y, como todo cretino, debo repercutir la gentileza con una amplia sonrisa, rebosante de sarcasmo y sorna. Debo admitir que se me tensa la mandíbula tanto sonreír, porque bastante seguido me llaman cretino.

No he tenido grandes oportunidades para desarrollar el vasto potencial de mi carácter antipático, tampoco he tenido la necesidad. Orgullosamente sostengo mi perfil (vulgarmente denominado altanero), porque no necesito súbditos que se rían de mis chistes o aplaudan mis críticas o, más aún, que alaben mis virtudes. Estimarse como es debido no es un pecado, ¡hasta es un mandamiento!

Pero las lenguas filosas rebanan cabezas incesantemente, y no hay producto humano que se vea librado de sus comentarios.

¡Pobre de mi! Pudiera gritar si me lamentara en condición de víctima, pero ¡no señor! me untaré con vaselina para que sus opiniones me resbalen.

Nunca odié a nadie, pero sí he llegado al punto de sentir asco de algunas personas que carecen de sentido estético, moral y común. Mis apreciaciones de ésta índole se mantienen de la tráquea hacia adentro, jamás sentí el impulso de desenvainar la crítica mordaz (aunque han sobrado ocasiones), y por suerte porque los impulsos son difíciles de combatir (casi comandan la acción si uno suelta la correa).

Nota: ahí donde me mandaron el otro día, descubrí que también se llama faro y no siempre tiene una connotación negativa.

lunes, 3 de octubre de 2011

[ Amanda ]




Amanda tiene nueve años, un cobayo y una familia desastrosa. Tiene zapatos viejos y un diario íntimo. Su pelo está enredado, hace tiempo que no lo lava. Hace tiempo también que no come. La última vez fue hace dos días y fue sólo un pan. Es niña, hermana, hija y madre. No, nunca dio a luz, pero cuida a sus hermanas menores. Son cuatro. Todas nenas. Todas con el mismo pelo desgreñado y las caras vacías. Huérfanas. De padres y sueños ausentes. De manos sucias y laceradas por la faena. No trabajan porque no se considera trabajo al hacer mandados y barrer veredas por encargo. Sobrevivientes. Cuerpos nómades y solitarios pero de espíritu aguerrido. Cuentan las monedas, sacro tesoro, que desenfundan de sus bolsillos, monedas que saciarán su hambre hoy... y quizás mañana. Entre mocos y estornudos pasan los días. Amanda es un envase de emociones; sufre, llora, ríe a carcajadas, calla amargamente, grita de ira, solloza en secreto, patea el piso, sonríe macabramente o se jala el cabello para descargar su dolor. Se le cayeron algunos dientes y le están creciendo los pechos prematuramente. Sueña con vestirse a la moda y tener un celular, pero sueña nomás. En realidad desea estudiar y “ser alguien”, un alguien reconocido, quizás como un doctor o un escritor, pero no al estilo de los personajes bizarros de la televisión o los políticos que tantas habladurías generan. Pero sin dudas, lo que más anhela es tener un techo sin goteras del tamaño de un puño y un colchón que no le haga doler sus débiles huesos. Es inteligente dentro de su ignorancia, o quizás lo mejor sea decir que es suspicaz; de otra forma no hubiera subsistido en su entorno crítico. Tiene piojos y penas. Ambos la estigman en sobremanera. Le gusta espantar palomas en las plazas y pisar las hojas secas que riega el otoño en las veredas. Le teme a la obscuridad profunda, a los mitos populares, como el cuco y el hombre de la bolsa y sobre todo le teme al destino, ese que no conoce, ese que le espera y no se imagina. Todos los días le pide a Dios un día más, no cree poder hacerlo sola. A veces tose sangre y otras tantas le cuesta respirar, pero ella vive, vive al máximo que su cuerpecito le permite. Siempre camina, camina mientras piensa, y mientras piensa canta. No tiene una voz prodigiosa, pero es fantástico oír su vocecita haciendo eco entre las desiertas calles.

martes, 27 de septiembre de 2011



No le temo a las punzantes agujas del tiempo, no me desangraré en el letargo ni me aturidiré con las campanas de las horas. Más arriba y más afuera del ahora, impera el infinito. No obstante, habré de llegar a él, cuanto más abajo y más adentro de la tierra se consuma mi finitud.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Podemos fraguar mentiras, pero no podemos mentir.
Podemos urdir silencios, pero no podemos callar.
Y es entonces cuando nos sabemos incapaces,

aunque sólo sea de ver u oír,
porque algo tan primitivo como la percepción,

está completamente condicionado.

jueves, 21 de julio de 2011

Verte de Verde

Y - ¿Cómo la conociste?
E – En mi puesto de libros. Ella vino un día y preguntó “¿tenés Elogio de la locura de Rotterdam?” Yo la miré unos instantes y para no quedar como un idiota le dije “ahora me fijo”. Después de revolver todo el puesto, lo encontré debajo de una pila enorme de empolvados libros y se lo alcancé diciendo “tomá, ¿es ese no?”, “si, perfecto” me respondió y estiró un billete sin siquiera preguntar el precio. Yo tratando de recordar cuánto costaba y sacando rápidamente la cuenta del vuelto que debía darle, mientras ella hojeaba el libro. “Tu vuelto” le dije, desprendiendo su atención de las páginas. Ella lo tomó sonriente y me reveló “la mejor adquisición en semanas” a lo que pude soltar un mero “¿ah si?”, “sí, tenía ese objetivo pendiente, tanto por mi amor por la lectura como por la recomendación que me hicieron” comentó ella. Atontado balbuceé “que bueno haber sido intermediario para la concreción de ese objetivo” y logré que ella soltara una risita. Me dijo “gracias” y se fue despacito con el libro entre las manos. Yo quedé como abstraído de la realidad y con una sonrisa congelada.
Y - ¿Vos creés que eso que te pasó, lo que sentiste en ese momento, es lo que comúnmente llaman amor a primera vista? ¿O te parece que eso es puro cuento?
E – Mmm... por lo general soy escéptico con respecto a las creencias populares, sobre todo en referencia al amor, que ya de por sí me cuesta definirlo. No sé si eso del amor a primera vista es un mito o si es posible, pero sé que algo sucedió adentro mío en el momento en que la vi. Llámese admiración, sorpresa, encantamiento, atracción... quizás llamarlo amor es demasiado, porque lo que ronda en mi mente como concepto de amor, engloba demasiadas cosas que me resulta imposible sostener que sucedan en un segundo.
Y - ¿Y cómo fue que la volviste a cruzar en tu camino?
E – Un viernes en Starbucks, yo tenía que hacer tiempo para entrar a cursar una materia de la facultad y cuando me senté con mi café la vi al otro extremo del local, tan emancipada del mundo. Estaba sola también, leyendo otro libro que enseguida reconocí por su portada “Memorias del Subsuelo”.
Y - De Dostoievsky
E – El mismo. Tragué saliva y percibí que mi corazón se había acelerado, tanto por el hecho de volverla a ver, como por la oportunidad que me brindaba el encontrarla precisamente con ese libro que es uno de mis favoritos. Sentí el impulso de pararme y dirigirme a su encuentro inmediatamente, pero algo puso freno a mi acelerado deseo. Probablemente el verla tan tranquila e inmersa en la lectura y el considerar que mi presencia sería una indeseable interrupción. Entonces me quedé por una rato largo, no sé decir cuánto, observándola mientras sus ojos bailaban en línea horizontal por los dramáticos párrafos del libro. Me sentía como el que contempla absorto una obra de arte, una pintura por ejemplo, reparando en cada detalle, en cada pincelada. Del mismo modo yo advertía cada movimiento, cada gesto... el parpadeo paulatino, una leve tos, su pecho inflándose con la respiración, la transición de cada hoja, el acto repentino de rascarse la mejilla o la nariz... Estaba embelesado por su delicada persona. No reparé en mirar mi reloj en ningún momento y mucho menos puse atención en los apuntes para la clase.
Y - Entonces, ¿no hubo contacto ese día? ¿No te acercaste a hablarle?
E - Cuando pensé que todo concluiría con verla partir o con mi propia partida, ella levantó la vista súbitamente para tomar un trago de agua y entonces... me vió. Yo, como es natural de un cobarde, aparté mis ojos temiendo que ella se supiera observada. Pero no me resistí a la tentación de saber cómo reaccionaría ella al verme ahí. Cuando la volví a mirar, todavía tenía sus ojos puestos en mí y me hizo un ademán de saludo. Yo quedé pasmado, pero reviviendo el impulso primitivo de acercarme, tomé mis cosas y fui hasta ella, sorteando mesas y sillas. Pensé que se sentiría incómoda por mi acalorada decisión, pero traía fulgurante en su rostro una bella y gentil sonrisa. “¡Hola! Que grata sorpresa o casualidad” me dijo rompiendo el hielo, y yo repercutí el saludo agregando “La verdad que si. De todas las cafeterías de esta zona, nos vinimos a encontrar acá” (y me sentí un tarado). Ella dejó el libro en la mesa y yo aproveché para salvar mi comentario: “« ¿Acaso el hombre, en el curso de sus miles de años de vida en la Tierra, ha obrado siempre al dictado de su interés? (...) No están obligados a ello, pero parecen querer evitar la ruta que se les indica y trazarse libremente, caprichosamente, otra llena de dificultades, absurda, oscura, apenas visible. Ello prueba que esa libertad les seduce más que sus propios intereses... »” cité rememorando un fragmento del libro, a lo que ella añadió, con llamativo interés “« Mi voluntad; mi libre albedrío (...) éste es el precioso interés que no tiene espacio en ninguna de esas clasificaciones que componen ustedes y que rompe en mil pedazos todos los sistemas, todas las teorías. »”. Continuando con la cita, increíblemente textual, que ambos ofrecimos rematé: “« El hombre sólo aspira a tener una voluntad independiente, cualesquiera que sean el precio y los resultados. Pero el diablo sabe lo que cuesta esa
voluntad... »”.
Y - ¡Qué memoria la de ustedes los jóvenes!
E – Bueno yo ese libro lo leí, por lo menos tres veces y ciertos pasajes los releí muchas más por que resultaron confusamente interesantes. Y ella... creo que acababa de leer esas páginas. Aunque a mi también me dejó maravillado, tanto que hubo un silencio profundo de algunos largos segundos. Hasta que ella me dijo que le resultaba exquisito ese libro, o lo que había podido leer hasta el momento y me preguntó si yo también había ido para leer. A lo que contesté con extrema simpleza que en realidad estaba esperando para entrar a una clase. Justo en ese momento, puse los pies en la tierra y atiné a mirar la hora. Ya eran quince minutos tarde, así que le dije “Me tengo que ir” y ella endulzó el aire con sus palabras: “Gracias noble caballero por rendir homenaje a tan ilustre autor y por demostrarme que hay otras mentes por ahí, que comparten las mismas reliquias que uno”. Se río fuerte y agregó “No me hagas mucho caso, me pongo ñoña en circunstancias imprevistas”. Yo sólo pude devolverle la risa y la intención con una tímida respuesta: “Gracias a usted, noble dama, por regalarme el placer de divagar y reír en su presencia”. Reímos juntos y nos despedimos dándonos la mano.
Y – Impresionante diálogo... Y ahora me dejás con la curiosa pregunta de qué sucedió después (No me refiero a inmediatamente después, sino en el futuro cercano) ¿Continuaron los encuentros casuales?
E – En efecto. Se sucedieron una serie de encuentros repentinos, en el parque, en la biblioteca, de nuevo en mi puesto... aunque ese ya lo considero más deliberado...
Y – ¿Por qué?
E – Bueno, porque ella ya sabía que me iba a encontrar ahí y pienso que quiso ir especialmente para verme.
Y – ¿Ese fue el día clave?
E – Sí. Yo estaba ordenando los libros mientras sonaba un tema del flaco Spinetta. Concentrado en los títulos, en los autores, escuché una voz familiar... “Buenas tardes”. Me di vuelta de golpe y ahí estaba ella, infinitamente hermosa, con su flamante sonrisa a flor de piel. “Buenas tardes” le respondí y como una explosión del alma dije: “Que lindo verte de verde, combina con tus ojos”. Ella se sonrojó... en criollo, se puso colorada y dijo “Gracias”. Yo sé que piropeando soy un tronco así que yo también me puse colorado, ja ja, y como creí que ella lo notó enseguida dije “¿Venís buscando algún libro en particular?” a lo que ella respondió indagante “¿Algo de Tolstoi?" Revisé mi lista mental y tras fracasar, me puse a buscar directamente entre los libros. “La guerra y la paz, si andás con ganas de una buena novela” le aconsejé mientras le mostraba el libro. Ella lo agarró y mientras miraba la reseña me preguntó “¿Ya leíste algo de este autor?” y yo casi inmediatamente dije “No, pero sé que es una novela recomendada y el autor muy reconocido”. Ella asintió con la cabeza y después de manipular el libro un rato sacó del bolsillo de su jean un billete, pero antes de que pudiera dármelo le propuse “¿Qué tal si te cobro con un paseo?” y ella entrecerrando los ojos como quien desconfía me dijo “¿Me ofrecés una especie de trueque?” y yo con una tonta mueca de niño travieso le dije “Algo así” y luego agregué “Enseguida cierro ¿caminamos?”.
Y – Me dejás con la impresión de que algo importante iba a suceder. Ahora es cuando me lo confirmás (ja ja)...
E - Bueno, no es imprescindible contar los detalles, basta con mencionar lo atípico de esa tarde. Desde que, por empezar, ella aceptara mi invitación tan audaz, hasta el hecho de que hayamos pasado más de tres horas deambulando por la plaza y las calles internas del barrio. El tiempo, evidentemente, no era un factor relevante para ambos. Antes de que preguntes... hablamos, como era de esperar, acerca de lo que nos gustaba leer, de música, de nuestras carreras, pero también surgieron temas insólitos... insólitos por ser prácticamente desconocidos nosotros. . por ejemplo, hablamos de nuestros defectos más espantosos, de nuestros miedos (no te rías pero le tengo miedo a las tormentas eléctricas y a los murciélagos – ja ja), de nuestras creencias, de nuestras fantasías (aunque ese terreno quedó inconcluso, porque fue el último tema que tratamos).
Y – El último... ¿cómo terminó ese paseo?
E – Ella, cuando se dio cuenta de por dónde andábamos, dijo que estaba cerca de la casa de una prima y que iría para allá. Entonces yo le confesé que había pasado una tarde preciosa (la mejor en años), que hacía mucho tiempo no tenía una charla tan extensa e interesante con alguien y que estaba sumamente halagado de que haya sido precisamente con ella. Creo que se puso colorada nuevamente y disimuló con una risotada, que yo le repercutí en coro. Entonces, de pronto, sacó de sus bolsito una agenda azul y una lapicera y anotó algo... yo la miraba desconcertado. Acto seguido, arrancó la hoja, la dobló y me la dio. Yo, en lugar de abrirla para ver qué contenía, la sostuve tieso como muerto, mientras la observaba. Ella me sacó de mi letargo cuando me tocó suavemente el hombro y me dijo “¿Puede ser que a ésta altura, sabiendo que llorás escuchando Schubert, y que te cuesta horrores perdonar, no sepa tu nombre?”. Me estampó la realidad en la nariz... era cierto, ninguno sabía el nombre del otro. “Benicio” solté de repente y ella me secundó “Zoé. No te lo vayas a olvidar”. “Jamás podría” le dije con ese tono de quien está completamente enamorado y ¡vaya que lo estaba! Peco de ingenuo si pienso que ella sentía lo mismo por mi, en ese momento, pero en sus ojos esmeralda se reflejaba una ternura irrebatible. Me saludó con un beso en la mejilla, cosa que ciertamente no me esperaba y, en ese estado de idiota cautivado, la vi alejarse caminando por las angostas veredas con esa increíble puesta de sol detrás.
Y – Conmovedor. Sólo me queda una pregunta... ¿Qué contenía el papel que te dio?
E – Vas a disculparme, pero tendré que dejarte con la incógnita.