jueves, 29 de junio de 2017

Supremacía del segundero...

De la supremacía del segundero sobre la vida,
se traduce el seccionamiento del discurrir de un continuum
como una guillotina cayendo incesantemente
una y otra vez
tic-tac, tic-tac, tic-tac...
un occiso tras otro
al tiempo que nacen mueren,
ellos
los frágiles y evanescentes segundos
la voracidad implacable de esa manecilla acecha
inaugura y desmonta temporalidades
susurra, por lo bajo, la amenazante perentoriedad
intervalos de un presente que se permuta en pasado
ininterrumpidamente.

jueves, 4 de febrero de 2016

Qu'est-ce que c'est?

Ey! Más despacio, máquina carburadora.
Lo que decanta del esfuerzo por arrojar un pensamiento acabado,
es un pedazo de argumento adornado con palabras y signos de puntuación.
Mera manipulación de verbos y sustantivos en un enjambre grandilocuente.
Mentecilla atolondrada,
no es hora de plasmar en verso tus turbulentas ilaciones
conexión de un sinfín de signos, encadenados, encadenantes.
Ser presa del flujo impredescible de aquello que llaman inspiración,
libertad del espíritu en la jungla de la imaginación,
es caótico y vibrante.
Edénica noche, ésta, envuelta en solos de guitarra y sorbos de café,
hasta que los sonidos merman, la luz palidece,
el espectáculo sináptco entra en receso
y el desvelado resto de creatividad abandona la sala encefálica.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Desarraigo

"Y aquí he de terminar mi carta, mientras me bebo ese vino blanco que trajiste el verano pasado y mientras escucho los gritos y carcajadas de Paloma y Helena en el jardín, que me inundan de alegría. Espero que tu ausencia sea más corta ésta vez y sepas que acá te espera el cordero patagónico, la piecita de huéspedes, tu yegua Margarita, el fogón y la cantata nocturna, pero sobre todo, te espera papá".
Mabel, sosteniendo la carta se disputa entre una sonrisa y unas lágrimas, que conjuga en un suspiro húmedo. Se acuerda del verano pasado, las rondas de mate debajo de los sauces, la guitarreada entre papá y Marcelo mientras todos cantaban los temas de siempre, las mañanas fresquitas con el cielo de un azul zafiro pariendo un sol perfecto y radiante, los guisos de la máma que se olían desde el patio y hacían que a uno le entrara un hambre tremendo, las historias de Don Mateo acerca del ejército, de las constelaciones, de las mujeres, de la vendimia, del gobierno del General Perón y demás. Tantos recuerdos que salieron a flote, le demostraron que extraña el aire del sur, el campo, la familia, sobre todo a papá.
En un acto casi inconsciente toma la medalla que pende de su cuello y la aprieta contra su pecho. Con la mirada prófuga contempla sus pensamientos que se remontan a la capilla, allá por Viedma en el '78, el día de su comunión, los primeros pasos en la fe, una fe inquebrantable que perdura aún hasta sus incipientes canas y sus patas de gallo que se acentúan al sonreír. Así como guarda en un baúl de mimbre ese viejo vestido blanquecino, ya casi amarillento por el roer del tiempo, y así como sostiene esa medalla de brillantes iniciales, de esa forma, guarda su legado de fé en el corazón y lo sostiene firmemente a través de los años.
Pero aún persiste en ella el sinsabor del desarraigo.
La tía Bertha, medio víbora, no le entregó al padre las cartas que Mabel le enviaba cada dos meses porque decía "lo hacen ilusionar y después la desalmada viene cada muerte de obispo". La realidad es que la tía Bertha tiene envidia de éste costado de la familia, porque por lo menos hubo uno que se recibió con todos los laureles y título de medicina en la facultad más jodida de Buenos Aires; y ella, que se da aires de importancia porque es una hacendada con un racimo de hectáreas y vacas raquíticas, no puede tolerar un prestigio de tal índole por parte de alguien que no sean sus hijos (a los cuales, la verdad, les importa un comino estudiar).
En cada oportunidad en que Mabel va de visita, la tía Bertha se encarga de hacer que en su corta estancia se sienta como una forastera. Y ahí es donde le duele el desarraigo a Mabel, sentirse como una extraña en su propia tierra, la tierra de su infancia, de sus huellas, donde cultivaba tomates, donde enterró a su primer mascota, donde jugaba a la rayuela, donde sembró sus primeras lágrimas por un amor no correspondido.
Le pesan los párpados por el cansancio, así como le pesa su decisión de migrar a otra ciudad para construirse una vida, una profesión, un status. Porque ahora, aunque lo tiene todo, siente una carencia enorme. No es la soledad que la aqueja, sino la nostalgia.

lunes, 21 de mayo de 2012

Soneto Gaucho


Tengo un oficio duro, como duros los cayos de mis manos.
Del viento tengo la fuerza y de la tierra las mañas.

He nacido jornalero y de sangre sanjuanina,
Conozco los rumbos todos, de mis caminos de Albardón.

El cielo cual limpio paño, envuelve mañanas áureas
Y el canto de los zorzales como gala ceremonial.

Escarlata la piel del vino, aterciopelado su sabor
Que no falte una botella, ésta noche invito yo.

El sol es mi compañero, cuando en el campo arreo
La lluvia es bendita aliada, cuando en el campo siembro.

Que sólo me acuesto y tarde, porque sólo un día amanecí
Pero que nunca faltó pan y trabajo y fuerzas para seguir.

De qué ave me habrán traído, de que nido salí yo
Que mi vuelo es osado y férreo, y mis alas el corazón.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Un hospital de barrio

Un hospital de barrio. Las 7 AM. Los corredores de la guardia con olor a alcohol y desinfectante. El silencio se interrumpe de a momentos por algún llanto pueril o pasos atolondrados que anuncian prisa. El color beige de las paredes y unos carteles deteriorados, hacen el lugar mucho más lúgubre. El ascensor, como es de esperar en éste tipo de establecimientos, no funciona. Escaleras arriba, tercer piso, habitación 251, una mujer reposa en una cama. No duerme, observa como despunta el día, a través de las cortinas semiabiertas de la ventana que da al pulmón del edificio. Hay unas flores marchitas en su mesa de luz, junto a un reloj y unos pañuelos usados. Ella, con las manos cruzados sobre el vientre susurra una oración. Su sábana se humedece de a poco con las paulatinas gotas que emanan sus ojos. Mira la silla vacía, que sigue vacía, que está a unos metros de la cama. Ahoga un sollozo profundo, pero no por mucho tiempo. Se suena estruendosamente la nariz y se limpia la cara. Golpean la puerta. Emite una débil señal para indicar que se puede pasar. Una enfermera, con el delantal más blanco que ella haya visto jamás, sostiene una bandeja que contiene esas benditas pastillas azul y blanca y un vaso con agua. Se acerca sonriente y le acomoda las almohadas mientras la saluda. Después de tragar ineludiblemente las píldoras, la mujer le devuelve el vaso a la enfermera, que todavía sonríe. Antes de que se vaya, le dice “¿sabe qué día es hoy?”, la enfermera de reluciente delantal le contesta “claro, 25 de enero”, a lo que la mujer agrega con pesar “sí, 25 de enero, como hace 43 años cuando nací”. La enfermera sin manifestar sorpresa, con la misma sonrisa amena con la que entró a la habitación le dice “ya sé Ester, éste es el séptimo cumpleaños que pasás sola, viuda de marido e hijos, divorciada de Dios y casada con una enfermedad crónica. Te gusta reír, pero hace mucho que no lo hacés, así como hace mucho que esperás el abrazo de alguien que te gustaría que se siente en esa silla vacía, y así como esperás que alguien enjugue esas lágrimas que te secás con la manga y que te mojan las sábanas. Te gusta mirar el amanecer, pero detestás esas cortinas chillonas y ese color beige (que ¿a quién se le ocurre combinar con celeste?), y te aterra pensar que te quedan pocos amaneceres que degustar, pero más te aterra (más que la muerte) la soledad, que se acuesta en tu cama, que juega a las cartas con vos, que te escucha los pensamientos y los lamentos, que te envuelve en frías cobijas de miedo hasta hoy”. Naturalmente, Ester la mira con pasmo, incrédula, intentando razonar como una completa extraña pasa lista de sus vicisitudes y deseos, sin errar en absolutamente nada, pareciendo ser quien habla su propia conciencia. Cuando atina a cerrar la mandíbula (que mantuvo abierta mientras oía, sin darse cuenta) se sienta erguida y pregunta titubeante “y... y usted ¿cómo... es que sabe todo eso?”, pregunta que recibe como respuesta algo aún más insólito para ella “yo sé todo de vos, Ester”, traga saliva y prosigue “esto de la enfermera es sólo un disfraz, para no llamar la atención, y esas pastillas son sólo un placebo (y no me extrañaría que las que solés tomar también lo sean). La verdad es que soy un ángel, por extraño que te suene (en éstos días, la gente es muy escéptica al respecto) y me mandó Dios (sí, Dios mismo) para decirte que no estás sola como creés y como pareciera. Aunque tu familia y amigos parecen haberse esfumado y haberte dejado abandonada, aunque no veas presencia física de personas acompañándote, ocupando una silla al costado de tu cama, brindándo en tu cumpleaños con vos, la presencia intangible pero verdadera de Dios te rodea. Tan sólo necesitás fe (aunque no es poca cosa), y tal como dijo Coelho: “la fe es una conquista difícil que exige combates diarios para ser mantenida” (¿qué te creías, que a los seres divinos no nos gusta la literatura?)”. Ester, aún confundida, la mira fijamente y suelta unas lágrimas contenidas. La enfermera, bueno más bien el ángel, se acerca muy despacio con esa sonrisa intensa, le extiende un pañuelo y le susurra al oído “y, por cierto, sos su amada hija, no tengas miedo de volver al hogar”. Dicho esto, la habitación es invadida por una brisa arrolladora, que Ester siente como ese abrazo tan esperado, y puede ver como se agitan las cortinas y como vuelan esas flores marchitas y esos pañuelos usados lejos de su cama. Después de esa ráfaga, Ester ve que el ángel ya no está, pero tiene encima de su vientre una llave. Se siente tranquila y a la vez carcomida por la incertidumbre, pensando si habrá sido una ilusión, si se lo habrá imaginado o soñado. Pero no, ella vio la cortinas bailoteando y ahí están todavía los pañuelos y las flores rotas en el suelo, ya no en su mesa de luz. ¡Eso! De ahí es la llave, abre el cajón de la mesa de luz. Y eso es exactamente lo que hace, abrir el cajón y ve algo que no se esperaba (¿o si?), un libro que reconoce bien, una biblia algo vieja. La toma con sus manos temblorosas y la abre justo donde había colocado un papel señalador. No es posible saber si ella se dio cuenta de que nada es al azar, en definitiva, y que las coincidencias no existen (¿verdad?) cuando leyó en Salmos 25:1 “A ti, Señor, elevo mi alma”.



Ese 25 de enero a las 7:46 AM. Ester dio su último aliento de vida, para volver al hogar

sábado, 17 de marzo de 2012

Confidencias de un fulano

15 de Marzo:

Cretino me dicen y, como todo cretino, debo repercutir la gentileza con una amplia sonrisa, rebosante de sarcasmo y sorna. Debo admitir que se me tensa la mandíbula tanto sonreír, porque bastante seguido me llaman cretino.

No he tenido grandes oportunidades para desarrollar el vasto potencial de mi carácter antipático, tampoco he tenido la necesidad. Orgullosamente sostengo mi perfil (vulgarmente denominado altanero), porque no necesito súbditos que se rían de mis chistes o aplaudan mis críticas o, más aún, que alaben mis virtudes. Estimarse como es debido no es un pecado, ¡hasta es un mandamiento!

Pero las lenguas filosas rebanan cabezas incesantemente, y no hay producto humano que se vea librado de sus comentarios.

¡Pobre de mi! Pudiera gritar si me lamentara en condición de víctima, pero ¡no señor! me untaré con vaselina para que sus opiniones me resbalen.

Nunca odié a nadie, pero sí he llegado al punto de sentir asco de algunas personas que carecen de sentido estético, moral y común. Mis apreciaciones de ésta índole se mantienen de la tráquea hacia adentro, jamás sentí el impulso de desenvainar la crítica mordaz (aunque han sobrado ocasiones), y por suerte porque los impulsos son difíciles de combatir (casi comandan la acción si uno suelta la correa).

Nota: ahí donde me mandaron el otro día, descubrí que también se llama faro y no siempre tiene una connotación negativa.

lunes, 3 de octubre de 2011

[ Amanda ]




Amanda tiene nueve años, un cobayo y una familia desastrosa. Tiene zapatos viejos y un diario íntimo. Su pelo está enredado, hace tiempo que no lo lava. Hace tiempo también que no come. La última vez fue hace dos días y fue sólo un pan. Es niña, hermana, hija y madre. No, nunca dio a luz, pero cuida a sus hermanas menores. Son cuatro. Todas nenas. Todas con el mismo pelo desgreñado y las caras vacías. Huérfanas. De padres y sueños ausentes. De manos sucias y laceradas por la faena. No trabajan porque no se considera trabajo al hacer mandados y barrer veredas por encargo. Sobrevivientes. Cuerpos nómades y solitarios pero de espíritu aguerrido. Cuentan las monedas, sacro tesoro, que desenfundan de sus bolsillos, monedas que saciarán su hambre hoy... y quizás mañana. Entre mocos y estornudos pasan los días. Amanda es un envase de emociones; sufre, llora, ríe a carcajadas, calla amargamente, grita de ira, solloza en secreto, patea el piso, sonríe macabramente o se jala el cabello para descargar su dolor. Se le cayeron algunos dientes y le están creciendo los pechos prematuramente. Sueña con vestirse a la moda y tener un celular, pero sueña nomás. En realidad desea estudiar y “ser alguien”, un alguien reconocido, quizás como un doctor o un escritor, pero no al estilo de los personajes bizarros de la televisión o los políticos que tantas habladurías generan. Pero sin dudas, lo que más anhela es tener un techo sin goteras del tamaño de un puño y un colchón que no le haga doler sus débiles huesos. Es inteligente dentro de su ignorancia, o quizás lo mejor sea decir que es suspicaz; de otra forma no hubiera subsistido en su entorno crítico. Tiene piojos y penas. Ambos la estigman en sobremanera. Le gusta espantar palomas en las plazas y pisar las hojas secas que riega el otoño en las veredas. Le teme a la obscuridad profunda, a los mitos populares, como el cuco y el hombre de la bolsa y sobre todo le teme al destino, ese que no conoce, ese que le espera y no se imagina. Todos los días le pide a Dios un día más, no cree poder hacerlo sola. A veces tose sangre y otras tantas le cuesta respirar, pero ella vive, vive al máximo que su cuerpecito le permite. Siempre camina, camina mientras piensa, y mientras piensa canta. No tiene una voz prodigiosa, pero es fantástico oír su vocecita haciendo eco entre las desiertas calles.

martes, 27 de septiembre de 2011



No le temo a las punzantes agujas del tiempo, no me desangraré en el letargo ni me aturidiré con las campanas de las horas. Más arriba y más afuera del ahora, impera el infinito. No obstante, habré de llegar a él, cuanto más abajo y más adentro de la tierra se consuma mi finitud.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Podemos fraguar mentiras, pero no podemos mentir.
Podemos urdir silencios, pero no podemos callar.
Y es entonces cuando nos sabemos incapaces,

aunque sólo sea de ver u oír,
porque algo tan primitivo como la percepción,

está completamente condicionado.

jueves, 21 de julio de 2011

Verte de Verde

Y - ¿Cómo la conociste?
E – En mi puesto de libros. Ella vino un día y preguntó “¿tenés Elogio de la locura de Rotterdam?” Yo la miré unos instantes y para no quedar como un idiota le dije “ahora me fijo”. Después de revolver todo el puesto, lo encontré debajo de una pila enorme de empolvados libros y se lo alcancé diciendo “tomá, ¿es ese no?”, “si, perfecto” me respondió y estiró un billete sin siquiera preguntar el precio. Yo tratando de recordar cuánto costaba y sacando rápidamente la cuenta del vuelto que debía darle, mientras ella hojeaba el libro. “Tu vuelto” le dije, desprendiendo su atención de las páginas. Ella lo tomó sonriente y me reveló “la mejor adquisición en semanas” a lo que pude soltar un mero “¿ah si?”, “sí, tenía ese objetivo pendiente, tanto por mi amor por la lectura como por la recomendación que me hicieron” comentó ella. Atontado balbuceé “que bueno haber sido intermediario para la concreción de ese objetivo” y logré que ella soltara una risita. Me dijo “gracias” y se fue despacito con el libro entre las manos. Yo quedé como abstraído de la realidad y con una sonrisa congelada.
Y - ¿Vos creés que eso que te pasó, lo que sentiste en ese momento, es lo que comúnmente llaman amor a primera vista? ¿O te parece que eso es puro cuento?
E – Mmm... por lo general soy escéptico con respecto a las creencias populares, sobre todo en referencia al amor, que ya de por sí me cuesta definirlo. No sé si eso del amor a primera vista es un mito o si es posible, pero sé que algo sucedió adentro mío en el momento en que la vi. Llámese admiración, sorpresa, encantamiento, atracción... quizás llamarlo amor es demasiado, porque lo que ronda en mi mente como concepto de amor, engloba demasiadas cosas que me resulta imposible sostener que sucedan en un segundo.
Y - ¿Y cómo fue que la volviste a cruzar en tu camino?
E – Un viernes en Starbucks, yo tenía que hacer tiempo para entrar a cursar una materia de la facultad y cuando me senté con mi café la vi al otro extremo del local, tan emancipada del mundo. Estaba sola también, leyendo otro libro que enseguida reconocí por su portada “Memorias del Subsuelo”.
Y - De Dostoievsky
E – El mismo. Tragué saliva y percibí que mi corazón se había acelerado, tanto por el hecho de volverla a ver, como por la oportunidad que me brindaba el encontrarla precisamente con ese libro que es uno de mis favoritos. Sentí el impulso de pararme y dirigirme a su encuentro inmediatamente, pero algo puso freno a mi acelerado deseo. Probablemente el verla tan tranquila e inmersa en la lectura y el considerar que mi presencia sería una indeseable interrupción. Entonces me quedé por una rato largo, no sé decir cuánto, observándola mientras sus ojos bailaban en línea horizontal por los dramáticos párrafos del libro. Me sentía como el que contempla absorto una obra de arte, una pintura por ejemplo, reparando en cada detalle, en cada pincelada. Del mismo modo yo advertía cada movimiento, cada gesto... el parpadeo paulatino, una leve tos, su pecho inflándose con la respiración, la transición de cada hoja, el acto repentino de rascarse la mejilla o la nariz... Estaba embelesado por su delicada persona. No reparé en mirar mi reloj en ningún momento y mucho menos puse atención en los apuntes para la clase.
Y - Entonces, ¿no hubo contacto ese día? ¿No te acercaste a hablarle?
E - Cuando pensé que todo concluiría con verla partir o con mi propia partida, ella levantó la vista súbitamente para tomar un trago de agua y entonces... me vió. Yo, como es natural de un cobarde, aparté mis ojos temiendo que ella se supiera observada. Pero no me resistí a la tentación de saber cómo reaccionaría ella al verme ahí. Cuando la volví a mirar, todavía tenía sus ojos puestos en mí y me hizo un ademán de saludo. Yo quedé pasmado, pero reviviendo el impulso primitivo de acercarme, tomé mis cosas y fui hasta ella, sorteando mesas y sillas. Pensé que se sentiría incómoda por mi acalorada decisión, pero traía fulgurante en su rostro una bella y gentil sonrisa. “¡Hola! Que grata sorpresa o casualidad” me dijo rompiendo el hielo, y yo repercutí el saludo agregando “La verdad que si. De todas las cafeterías de esta zona, nos vinimos a encontrar acá” (y me sentí un tarado). Ella dejó el libro en la mesa y yo aproveché para salvar mi comentario: “« ¿Acaso el hombre, en el curso de sus miles de años de vida en la Tierra, ha obrado siempre al dictado de su interés? (...) No están obligados a ello, pero parecen querer evitar la ruta que se les indica y trazarse libremente, caprichosamente, otra llena de dificultades, absurda, oscura, apenas visible. Ello prueba que esa libertad les seduce más que sus propios intereses... »” cité rememorando un fragmento del libro, a lo que ella añadió, con llamativo interés “« Mi voluntad; mi libre albedrío (...) éste es el precioso interés que no tiene espacio en ninguna de esas clasificaciones que componen ustedes y que rompe en mil pedazos todos los sistemas, todas las teorías. »”. Continuando con la cita, increíblemente textual, que ambos ofrecimos rematé: “« El hombre sólo aspira a tener una voluntad independiente, cualesquiera que sean el precio y los resultados. Pero el diablo sabe lo que cuesta esa
voluntad... »”.
Y - ¡Qué memoria la de ustedes los jóvenes!
E – Bueno yo ese libro lo leí, por lo menos tres veces y ciertos pasajes los releí muchas más por que resultaron confusamente interesantes. Y ella... creo que acababa de leer esas páginas. Aunque a mi también me dejó maravillado, tanto que hubo un silencio profundo de algunos largos segundos. Hasta que ella me dijo que le resultaba exquisito ese libro, o lo que había podido leer hasta el momento y me preguntó si yo también había ido para leer. A lo que contesté con extrema simpleza que en realidad estaba esperando para entrar a una clase. Justo en ese momento, puse los pies en la tierra y atiné a mirar la hora. Ya eran quince minutos tarde, así que le dije “Me tengo que ir” y ella endulzó el aire con sus palabras: “Gracias noble caballero por rendir homenaje a tan ilustre autor y por demostrarme que hay otras mentes por ahí, que comparten las mismas reliquias que uno”. Se río fuerte y agregó “No me hagas mucho caso, me pongo ñoña en circunstancias imprevistas”. Yo sólo pude devolverle la risa y la intención con una tímida respuesta: “Gracias a usted, noble dama, por regalarme el placer de divagar y reír en su presencia”. Reímos juntos y nos despedimos dándonos la mano.
Y – Impresionante diálogo... Y ahora me dejás con la curiosa pregunta de qué sucedió después (No me refiero a inmediatamente después, sino en el futuro cercano) ¿Continuaron los encuentros casuales?
E – En efecto. Se sucedieron una serie de encuentros repentinos, en el parque, en la biblioteca, de nuevo en mi puesto... aunque ese ya lo considero más deliberado...
Y – ¿Por qué?
E – Bueno, porque ella ya sabía que me iba a encontrar ahí y pienso que quiso ir especialmente para verme.
Y – ¿Ese fue el día clave?
E – Sí. Yo estaba ordenando los libros mientras sonaba un tema del flaco Spinetta. Concentrado en los títulos, en los autores, escuché una voz familiar... “Buenas tardes”. Me di vuelta de golpe y ahí estaba ella, infinitamente hermosa, con su flamante sonrisa a flor de piel. “Buenas tardes” le respondí y como una explosión del alma dije: “Que lindo verte de verde, combina con tus ojos”. Ella se sonrojó... en criollo, se puso colorada y dijo “Gracias”. Yo sé que piropeando soy un tronco así que yo también me puse colorado, ja ja, y como creí que ella lo notó enseguida dije “¿Venís buscando algún libro en particular?” a lo que ella respondió indagante “¿Algo de Tolstoi?" Revisé mi lista mental y tras fracasar, me puse a buscar directamente entre los libros. “La guerra y la paz, si andás con ganas de una buena novela” le aconsejé mientras le mostraba el libro. Ella lo agarró y mientras miraba la reseña me preguntó “¿Ya leíste algo de este autor?” y yo casi inmediatamente dije “No, pero sé que es una novela recomendada y el autor muy reconocido”. Ella asintió con la cabeza y después de manipular el libro un rato sacó del bolsillo de su jean un billete, pero antes de que pudiera dármelo le propuse “¿Qué tal si te cobro con un paseo?” y ella entrecerrando los ojos como quien desconfía me dijo “¿Me ofrecés una especie de trueque?” y yo con una tonta mueca de niño travieso le dije “Algo así” y luego agregué “Enseguida cierro ¿caminamos?”.
Y – Me dejás con la impresión de que algo importante iba a suceder. Ahora es cuando me lo confirmás (ja ja)...
E - Bueno, no es imprescindible contar los detalles, basta con mencionar lo atípico de esa tarde. Desde que, por empezar, ella aceptara mi invitación tan audaz, hasta el hecho de que hayamos pasado más de tres horas deambulando por la plaza y las calles internas del barrio. El tiempo, evidentemente, no era un factor relevante para ambos. Antes de que preguntes... hablamos, como era de esperar, acerca de lo que nos gustaba leer, de música, de nuestras carreras, pero también surgieron temas insólitos... insólitos por ser prácticamente desconocidos nosotros. . por ejemplo, hablamos de nuestros defectos más espantosos, de nuestros miedos (no te rías pero le tengo miedo a las tormentas eléctricas y a los murciélagos – ja ja), de nuestras creencias, de nuestras fantasías (aunque ese terreno quedó inconcluso, porque fue el último tema que tratamos).
Y – El último... ¿cómo terminó ese paseo?
E – Ella, cuando se dio cuenta de por dónde andábamos, dijo que estaba cerca de la casa de una prima y que iría para allá. Entonces yo le confesé que había pasado una tarde preciosa (la mejor en años), que hacía mucho tiempo no tenía una charla tan extensa e interesante con alguien y que estaba sumamente halagado de que haya sido precisamente con ella. Creo que se puso colorada nuevamente y disimuló con una risotada, que yo le repercutí en coro. Entonces, de pronto, sacó de sus bolsito una agenda azul y una lapicera y anotó algo... yo la miraba desconcertado. Acto seguido, arrancó la hoja, la dobló y me la dio. Yo, en lugar de abrirla para ver qué contenía, la sostuve tieso como muerto, mientras la observaba. Ella me sacó de mi letargo cuando me tocó suavemente el hombro y me dijo “¿Puede ser que a ésta altura, sabiendo que llorás escuchando Schubert, y que te cuesta horrores perdonar, no sepa tu nombre?”. Me estampó la realidad en la nariz... era cierto, ninguno sabía el nombre del otro. “Benicio” solté de repente y ella me secundó “Zoé. No te lo vayas a olvidar”. “Jamás podría” le dije con ese tono de quien está completamente enamorado y ¡vaya que lo estaba! Peco de ingenuo si pienso que ella sentía lo mismo por mi, en ese momento, pero en sus ojos esmeralda se reflejaba una ternura irrebatible. Me saludó con un beso en la mejilla, cosa que ciertamente no me esperaba y, en ese estado de idiota cautivado, la vi alejarse caminando por las angostas veredas con esa increíble puesta de sol detrás.
Y – Conmovedor. Sólo me queda una pregunta... ¿Qué contenía el papel que te dio?
E – Vas a disculparme, pero tendré que dejarte con la incógnita.

martes, 17 de mayo de 2011

¡Viva la paradoja!




La alfombra de pavimento se estira longeva, arde, ondula, vira y brilla su lánguido color gris entre las extensas veredas de hierba y matorrales. Erguidas y resplandecientes se alzan en desfile las señales, 60, giro a la izquierda, prohibido adelantarse, y no obstante, un imponente corsa se abre hacia la izquierda pisando la doble línea amarilla, acelera porfiado recorriendo en paralelo los veinte metros del atiborrado y bamboleante camión para, de una vez por todas, pasarlo antes de que los móviles de la vía contraria lo hagan bosta en colisión, y corre a 140 hasta toparse con el próximo bloqueo. Un juego de niños.
Mis manos descansan tibias en el timón de la chata, mi vieja y fiel chata. Su descascarada piel azul entona con la mañana nublada del sur.
Ya son siete horas de rodar a los tumbos entre lomadas y baches de la ruta 3.
El paisaje un tanto monótono pero siempre hermoso, o es que a mi el verde del campo y el aire libre siempre me gustaron, desde pibe.
Kilómetros de tierras vírgenes y otras embarazadas de maíz o girasol. Un árbol. Otro. Media docena de vacas pastando. Una choza cercada. Carteles. Un auto varado en la banquina. Laguito. Altar a un gaucho muerto. Espejismos en el horizonte que se desvanecen en segundos.

Yo sigo manejando embelesado, casi idiotizado diría, por la frescura del viento matutino que me pega de frente.
Los insectos, como lluvia de meteoritos, vienen a estrellarse contra el parabrisas. Una mariposa, un zángano, un alguacil, pasaron de ser distinguidos ejemplares naturales a ser asquerosas y molestas manchas en el vidrio delantero de mi camioneta.
A lo lejos una singular bandada de gaviotas atraviesan el blanquecino cielo, difuminado con grisáceos nubarrones de lluvia.
El camino se perfila eterno, simple y monótono. Como mi vida. Es cierto que quizás no sea, ésta, tan simple ni tan eterna, pero sí bastante monótona, rutinaria, tragicómicamente invariable. Sin embargo cada viaje ofrece una aventura distinta, y no me refiero a la clase de aventura que alguien ostentaría, verbigracia, sobrevivir a un choque, interceptar una manada de ciervos que cruza a los trotes la carretera, volar con quinta a fondo sin terminar rodando por los pajonales, sino la clase de aventuras que sólo yo considero como tales y que desgarran (aunque sea un poco) mi triste y patética realidad.
Pero, bueno, en verdad soy feliz. ¡Viva la paradoja!

jueves, 7 de abril de 2011


Albores índigo, de un estío largo y somnoliento...arrullo lábil y paradójicamente efervescente, connotan aires nuevos, mañanas presentes y futuros pasados. Óleo prosaico y bizantino que adorna pesares y andares de un sinfín de pocos que son alguien... esperando el alba.

jueves, 17 de marzo de 2011

Oblíguenme

¡Oblíguenme, vamos! Oblíguenme a mirarlos a los ojos. ¿Qué tienen de nuevo para decir?¿Qué hay de interesante en sus palabras?¿Qué mágica o fraudulenta historia asomará entre sus dientes?¿Qué radiante o banal motivo escupirán a mis oídos?
¡Pero no! ¿Pero qué es esto? Ya vuelvo a desviar la mirada. ¡Me aburren! Que insípido discurso, que charlatanería absurda. Que ustedes, que yo, que el día, que el mundo, que el gobierno, que la moda, que la comida, que la farándula... ¡Tedio! ¿Qué dice ahora? Por supuesto que soy mordaz ¿y con eso qué?¿Acaso ofendo a alguien?¿Acaso burlo alguna estricta regla moral?¿Cómo? No, claro que no. Antes solía ser menos “desfachatado”, como usted dice, pero la vida me demostró que la sinceridad, aunque agria a veces, produce efectos maravillosos en la gente. Mire si no. Ja, ja. No se sulfure, en definitiva lo ha logrado. ¿Qué cosa? Captar mi atención, ¿no ve como mis ojos la persiguen con voracidad? No se confunda, persiguen esa sensación que le nace y, usted también me mira con voracidad, pero de otra forma. ¡Me quiere comer vivo! Ja, ja. ¡Patrañas! Estoy en todos mis cabales, nunca estuve mas sobrio y más cuerdo que en este momento. No juzgue tanto y tan pronto... además ya empieza a aburrirme usted también. ¿Y todos ustedes qué?¿Se han quedado mudos de golpe? Me sorprende, mentes brillantes, académicos, oradores ilustres... y también las sabandijas que tienen la lengua floja para criticar... ¡Cobardes! A ver, señores, oblíguenme a mirarlos. ¿Qué? Sí, usted, el mojigato cara de chihuahua. Ja, ja. Bueno, sí sí, lo confieso, he sido cruel y drásticamente peyorativo. Pero dígame ¡hable fuerte hombre! que no oigo su ladrido. Ja, ja. Lo sé, lo sé, me disculpo esta vez. ¿Pero qué digo?¿Disculparme por mostrarles mi verdad? Es ilógico. Resulta que no les gusta como es la realidad pero castigan al que se las describe, como si éste fuera el culpable (sólo por decir qué es lo que ve) de lo ruin y patética que es ésta la realidad. ¡Hay Dios! Que argumentos falaces. No me vengan... ¿Cómo?¿Falta de respeto? Pero si ustedes son los que no respetan mi forma de expresarme, no respetan mi honestidad. ¿O acaso creen que yo los atacaría con sangrienta violencia (como la que emana de sus facciones de odio) si ustedes me dijeran con límpida crudeza que tengo barba de reo, ojos de aceituna, sonrisa demoníaca y carácter de psicótico? Por el contrario, lo admito y los aplaudo por su valor. Además, hace unos minutos, fueron precisamente ustedes los que apelaron a la sinceridad para decirme que era mordaz, desfachatado, ebrio y loco, entre otras sutiles etiquetas. ¡Vaya que sutiles! Si en verdad son un rebaño de hipócritas dirigidos por la cobardía ¡Sí! esa prisión latente que no les permite decir al mundo las cosas como son, impulsados por el mito de la diplomacia que enmascara, tiñe y troca la realidad. Me miran como si fuera un hereje y mis palabras blasfemia de sus ideales y convicciones ilusas. ¡Pobres diablos! Además, nadie los obliga a escucharme y, sin embargo, están como pegados al suelo, no se retirar ni piensan retirarse. Pero ¿Qué ganan con eso?¿Acaso son todos masoquistas, mártires del conservadurismo?¿Acaso disfrutan de que los agravie con mi extremista y avasallante forma de ser? Pero qué preguntas obvias ¡Qué obviedad! No sólo me aburren, ¡Me dan sueño y asco! Ya quisiera tener un digno oponente discursivo, alguien que logre tentarme con su avinagrada charla, alguien que me impregne ansiedad, alguien que me obligue a mirarlo a los ojos. ¿Pero qué oigo? Rumores, murmullo, cotilleo infernal. Una orquesta de chismosos inquietos e inquietantes. ¡Usted, señor de los bigotes prominentes! Tiene pinta de intelectual ¿Es doctor?¿Y desempleado?¿Qué pasó? Ahá... ¿y usted no les dijo a esas señoras en sus plásticas y feas caras que el botox podría tener efectos secundarios? Ja, ja. ¡No me diga! Técnicamente improbable, estadísticamente inusual, resultados inciertos, política de la clínica... Mm... todos pseudónimos de la cobardía ¡Eufemismos! Doctorcito... doctor gallina, le faltan agallas ¡Gónadas le faltan! Pf, vergüenza ajena me da... y yo que lo calificaba de intelectualoide. No es falsa la premisa de que las apariencias engañan. ¿Que me calle? Usted me da gracia señora, me va a dejar ciego con ese pintalabios tan chillón. Ja, ja. Y por cierto, qué ridículas se ven las mujeres con ese traje de dama coqueta. Con tanta pintura parecen un cuadro de Kandinsky. Por qué mejor no se andan al natural, así como Dios las hizo y el tiempo las modeló, auténticamente bellas o simplemente repugnantes. Ja, ja. ¡Que farsa! Ahí lo tienen, la belleza es también un arte del engaño... todo es engañoso, todo es tan ficticio ahora: dientes de porcelana, lentes de contacto, uñas esculpidas, extensiones para el cabello, tetas de plástico, cremas anti-age, “hombres” afeminados. ¡Que sarta de porquerías!¡Que polución mental! Ya nadie ríe, tampoco balbucean insultos o críticas. Los dejé sin habla, pero por otro lado, no tendrían nada que decir si no lo tuvieron hasta ahora. Todos y cada uno, lánguidos al punto de lo humillante. ¡Nadie ha podido! ¡Nadie ha sabido cómo! Nadie ha logrado obligarme a mirarlo a los ojos.

jueves, 3 de febrero de 2011

Nέ₥єsıs

Ingrid, alma madre
entrégate a las olas
no ocultes en el velo las lágrimas
que tenues migran a tu boca
si las armas y el atropello
te arrebataron la herencia
y eres presa del cólera y la impotencia
subyace en tu espíritu
la oscuridad de némesis


Ingrid, piel de ébano
entrégate a las llamas
no escondas en tu abaya el dolor
que es estigma de tus raíces
si la guerra y la barbarie
depredaron tu linaje
y tu martirio huele a cenizas
subyace en tu espíritu
la oscuridad del talión.

martes, 1 de febrero de 2011

Strudel de Rock & Roll


En este recuerdo participa la neurósis
por un público iluminado de flashes y parpadeos múltiples
Aplausos, algarabía, hurras, "rock and roll"
El escenario parece una burbuja altísima
tan lejos de la bruma excitada y palpitante
"no se van..", "una más", "ohhhh!!"
por momentos saltándo de a bloques, con grito generalizado
movimiento de manos y cabellos en remolino
estribillo, explosión eufórica de la masa arrebatada
todos repiten cual eco reberverante esas simples palabras
"corriendo las calles rotas..."
me paseo por el escenario, esquivando cables y bafles
observando la multitud enajenada y el cielo pixelado
doy tumbos alegres y llego al borde
"extenso el desierto y secos los lagos"
giro de imprevisto con el suelo vibrando bajo mis pies
doble pedal versus mi corazón que acelera ingobernable
los fanáticos vomitando entusiasmo y melodías
me dejo caer a decenas de manos sudadas y temblorosas
transíto en un mar de entidades volcánicas (me aturden)
mi cuerpo laxo, se bambolea sostenido por columnas óseas
imagino estar en aguas cálidas bañado por los rayos del sol
simplemente flotando a la deriva
regreso como inconsciente a mis pies, al micrófono
sólo de guitarra
re sol si bemol ...
un relámpago enciende la noche, y anuncia lo inminente
filas de sujetos enrojecidos, sedientos y agitados
gimen, jadean la letra como en su último estertor
me tiro el pelo empapado hacia atrás y respiro hondo
"corriendo las calles rotas..."
minutos sublimes que pregonan el final del espectáculo
mi voz flaquea, "...secos los lagos" y seca mi garganta
me agacho de súbito y tomo un trago de agua
lo pienso y el resto me lo echo encima
y mientras me sacudo como un perro, la masa efervescente aúlla "ehhhhhh!"
me abrazo al bajista y sonrío como por encargo
fotos
se mezclan las luces de los reflectores con las de los celulares
y se enreda el cielo con el gentío
los sonidos se distorsionan
como una orquesta mal ensamblada
silencio
me desvanezco entre el tumulto
la lluvia me azota con sus gélidas y pesadas gotas
mi cuerpo se estremece bruscamente
el viento me acerca un olor inconfundible
quizás sólo es un rastro de sinestecia
y lo que en realidad estoy sintiendo es el frío de la neurósis
conmoción. paramédicos
audiencia atónita
"abran paso" "aire! aire!"
me remolcan a un improvisado colchón de trapos
máscarilla de oxígeno, inyección, lucidez
incertidumbre
la gente se mira, murmura, refunfuña
el reloj se precipita asediando los ánimos confusos
la magia del rock me envenena la sangre
"me siento bien"..."mañana no se cancela"

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Abogando un absurdo

Treinta o cuarenta
Los conté un par de veces
Sí, aunque probablemente, y sin temor a equivocarme,
hubo algunos que no llegué a percibir, y con razón...
No cuenta como deporte, claro está, aunque no es mala idea
pero sí es una actividad lúdica muy interesante.
Los excéntricos me mirarán de reojo, atónitos, así con la mandíbula medio tiesa
Y los locos, que ni qué, ahora tendrán parámetros para figurarse cuerdos
Al menos, en teoría, no es síntoma de ninguna patología
Podrían asemejarlo a un trastorno obsesivo compulsivo
pero yo creo que es más bien un desafío matemático
También, y por qué no, un tour indagatorio íntimo,
una forma de conocerse más a uno mismo
Porque, si es importante examinar nuestra salud dental y tersura cutánea,
incrementar la solidez capilar y verificar el funcionamiento del tracto gastrointestinal
tanto y cuanto más relevante, podría tornarse, el recuento satisfactorio
de vuestras marcas, tan personales y diferenciadas como las huellas digitales
Y ya no me miréis así, como si fuese un orador desconcertado
en poco tiempo notarán que es algo tan natural como estrujar el acné o cortarse las uñas
No son ideas salvajes, por favor, es instinto de conservación
No como planteaban los evolucionistas, más bien conservación estética
Y, quiérase o no, admítase o no,
es como energía para el metabolismo
Y ya no me desviaré de mi tema central, que os convoca
aunque tampoco me extenderé demasiado
no por mucho hablar uno se hace entender mejor
Empecé hace unos años, cuando noté que aparecían como de la nada, cada semana
no tan regular y constante, pero como un hecho claramente ostensible
Verán, noté que cada individuo es dispar al respecto
en cantidad y disposición, y entonces me propuse investigar
Obviamente comencé por mi misma, dadas las comodidades que ello representa
Debí, con suma paciencia, repetir la operación,
cuantificando los cambios que advertía con el trascurso de los días
Mi proyecto se volvió incitante y se desplegó a mis vínculos más cercanos
Admito que es engorroso cruzar ese límite e intentarlo con sujetos poco familiares
así que me remito a las experiencias subjetivas que he llevado a cabo
Nada más, ni nada menos, que un detallado cómputo de lunares
Y aquí es dónde haberos de reír, lo sé
pero, hecha salvedad de sus argumentos racionalistas,
no podéis deliberar juicio crítico válido que infame tal cometido
que si bien es vulnerable de injuria, también es presuntuoso de innovación
Pues, al final, daréis crédito de mis palabras
No seáis herméticos a las ideas exóticas, no es una chifladura Enhorabuena, habéis comprendido los pormenores que redundan en esta glosa.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Vądε гetяo aŁ dєvεиĭr

Un tsunami de locura que arrebata en pos de sí, los pedazos de cordura que domaban el absurdo en el hombre, convirtiéndolo en un trasto irracional, análogo de albedrío a precio de vulnerabilidad.





Promesas que eran todo... y una bomba cae... mientras el recuerdo ferviente de Isabel en el crepúsculo del 8 de marzo se instalaba en mi mente, danzaba en mi memoria como el cabello de esa dulce dama al son del viento estival. No quería escuchar, ni ver nada, sólo pensar... estrepitosamente... en su voz floreciendo de mis oídos, que aún la retenían, mientras se dejaba admirar por mi embelesada entidad. Los que otrora fueron mis peores miedos, se convirtieron en mi realidad; y aterrado del espacio exterior, el ser interior se refugia en mi tembloroso cuerpo... como una crónica devastadora, el aniquilamiento es inminente... que emana la fétida debilidad que me caracteriza, mientras es neutralizada por el perfume eximio de su cálida piel, su cuello, sus manos, oh, sus manos tersas que se aferraban a mi cintura con ímpetu mientras, congelándose o desmantelándose, la periferia nos cercaba y se vencía como una frecuencia de onda... vestigios anegados de vida agónica y bloques de concreto... cuando sus ojos arredrados coincidieron con los míos, que enmascaraban su pavor con frágil denuedo, urdimos segundos colosales de paz en quiebre constante, retumbando bajo nuestros pies la tierra fracturada, mutilada, enlutada... gemidos, sirenas, luces, llamas, agua, niebla, gritos, ruido, sangre, polvo, calor... Amaba sus muecas hilarantes, su extravagante sentido del humor, confieso también, que compartía su asco hacia el arte cubista y la música de los tugurios; me llenaba de orgullo caminar o correr arrastrado de su mano; me henchía de placer conversar o callar, reír o criticar al mundo, a su lado.
A veces solíamos sentarnos en un banco de plaza por horas, quizás sin decir una sola palabra, sólo para sentir como todo alrededor fluctúa, se mueve, transita, mientras uno permanece inalterable, hermético de todo ello y del tiempo motriz.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Hambre

Chamaco golondrina

deja de llorar

Han pasado los años y las estaciones

Entre augurios y presagios

y la oscuridad

Muchacho de las bajas

y las altas horas

Se escucha en el oleaje de las vías

tu grito sentenciado

Chamaco golondrina

se huele en las calles tu hambre

El polvo y la miseria

te han robado tu esencia

frágiles tus manos

entre esclavo y soldado

se extinguió tu fé

Muchacho solitario

vives del recuerdo y la limosna.

martes, 7 de septiembre de 2010

Autobiografía - "Crónicas de una vida común"

Cierto día mis padres estaban desvelados y después de unos meses emergió mi entidad cigótica. Residí en un estrecho entorno de tibia placenta por algún tiempo más. Me aventuré al mundo exterior por un intersticio minúsculo e hirsuto, y descargué mi primer hálito de vida seguido por mi primer brote emocional. Lloré. Recibí nalgadas y sonrisas. Me paseaban de aquí para allá. Percibí claramente luces, sonidos, rostros y una profunda necesidad por estar con alguien, que luego me enteraría, sería mi madre.
Períodos gráciles, en donde mi único objetivo concreto era la adquisición de placer mediante simples patrones rutinarios: comer, dormir, defecar, jugar. Tengo miedos. Soy vulnerable, ignorante y dependiente. Creo amigos imaginarios. Usufructúo el tiempo y las personas. Estadios fértiles de sucesivo aprendizaje. Absorción del mundo objetivado. La rutina se perpetúa y se metamorfosea como mi cuerpo. Las proporciones cambian, los agudos se convierten en graves, la fuerza y la avidez se incrementan, crece el vello en la dermis. Mis células se reproducen a cada instante. Los años me dotan de conocimiento. Socializo. Recibo y ejerzo influencia. Externalizo mis ideas, a través de expresiones artísticas. Erijo una postura rebelde. Camino en contra del sistema y me dedico a pisar estructuras. Primaria y secundaria. Crecer implica nuevas responsabilidades. Me duelen los ovarios. La edad del pavo. Fase de maduración de áreas específicas. Dudas existenciales. Experiencias traumáticas, que dejan su impronta en la mente. Intervención divina. Adaptación a nuevos círculos sociales. Visión crítica del entorno. Identifico mis fortalezas y debilidades. Se desmoronan ciertos ideales. Deviene un lapso en el cual desdeño mis propios gustos y preferencias, porque en realidad sucede que están mutando. De a poco ostento seguridad y orgullo de mis
neo-tendencias. Ya, a esta altura, el desarrollo de mi cuerpo es más estable. Calzo 39 y peso alrededor de 54 Kg. El asiento de mis dedos, es el acorde de un piano, pero sigue siendo un deseo latente. Tomo mis propias decisiones, y admito, suelo equivocarme. El impulso de mis ideas, me llevó a iniciar una carrera nefasta, que no terminé. Incertidumbre. Advienen cambios en la constitución del núcleo familiar. Tengo intereses fuertemente marcados. Repelencia por el sexo opuesto. Incompatibilidad con el estereotipo femenino. Después de reflexionar sobre esas cosas, argüí que en realidad sentía predilección por la amistad masculina en detrimento de una relación amorosa y que adquirí una actitud claramente machista ante la vida. Despojo de tales ideas. Sucesión de nuevos acontecimientos. Adicción al café. Hábitos payasescos. Enamoramiento. Incursión en la Psicología. Aplicación de métodos inusuales para la eliminación del acné. Traición al surrealismo. Proposición de metas. Y una línea al infinito... al destino abstracto que me aguarda.

viernes, 4 de junio de 2010

Surcos y Nardos




Admiraba la bóveda celeste, cosmopolita
con heridas de fuego eterno.. y tanto más inmerso en
su vastedad que lo estremecía, más ínfimo se constituía su ser.
La noche se abría como un tríptico,
regada de centelleantes figuras póstumas, cuales guiños perpetuos
y en medio de planos yuxtapuestos, la tierra y el cielo que eran uno

desnudos de color y envueltos en fragancias
un cuadro manierista, bañado de brisas cálidas
se escindió raudamente,
y él, lábil, las vió nacer
pequeñas grietas en el firmamento, aquel que parecía tan sólido
corrían o trepaban, quien sabe
troquelando la inmensidad, la majestuosa inmensidad
pronto, suspendidos detrás, delante y sobre él,
una legión de continentes celestiales,

disgregados por estrechos surcos fosforescentes,
una obra maestra.
repentinamente, comenzó a despertarse un sonido
y él, sin saber de dónde provenía, intentaba escuchar
al principio, parecía un enjambre de ruidos dispares
pero, paulatinamente y con mucha naturalidad
se cohesionaron los agudos y los graves, en una perfecta armonía
que traía con ella, milagros cromáticos
y él, conmovido, las vio nacer
intensos trazos de vivos colores,

emergiendo de los surcos, cada vez más brillantes
primero vislumbró los tallos y luego los pétalos
cuanto más enfática y cristalina se oía la melodía,
tanto más se embelezaban los retoños, que en un principio sutiles
y luego deslumbrantes, se transmutarían en nardos neonatos.
para coronar tan empírea fantasía, y como huella definitiva
se manifestó invisible, rodeándolo y penetrándo en su ser,
el perfume más acendrado y etéreo que el jamás hubo percibido
y que, por cierto, jamás olvidaría.
tan poderoso, viajó hasta su mente y su memoria, de la cual
parecía tener la llave, y sin vacilar, abrió las puertas al pasado
incesantes cascadas de imágenes, voces, mañanas frías,

el sabor de las grosellas, episodios abrumadores o risas descollantes,
olor a lluvia y cedros, rizos cobre al viento, la moraleja de un cuento,
vergüenza, dolor de muelas, las escondidas en la plaza,
lágrimas sobre el cuaderno, primer beso, atardeceres desde el muelle,
secretos, charlas en la estación de tren,
la intensidad del chardonnay, septiembre..
un aglomerado de recuerdos latentes, ansiosos por revelarse
retratos del tiempo, dignos de ser y permanecer
parecía tan confuso y a la vez vivificante, el proceso de resucitar el ayer
como visitar lugares de antaño en un tourneé emocionante

y a la vez descabellado,
atravesando una película que él creía obsoleta,
con algunos capítulos de su vida que prefería amputar
y reviviendo sus miserias, lamentándo sus tristezas y pérdidas o bien
bebiéndose un cóctel de sus triunfos,
asistía al espectáculo que era su historia, los cimientos de su presente
y comprendió..
aquel firmamento oscuro y pleno, cual lienzo barroco
paradójimente atestado de luminiscencia,
simbolizaba su corazón, en un presente brillante y equilibrado
pero sólo era la perisferia,
una superficie endeble que contenía murallas y guerras, heridas y vetas
cúmulos de penas y enigmas orbitaban en torno al núcleo de su existencia
y bien hondo, el foco de su angustia primitiva
septiembre..
cuando su corazón se desgarró, como ese cielo prístino
al ser víctima y victimario de un mismo fin
veíase entre llamas de la mano de su madre que gritaba su nombre,
una y otra vez..
el terror apoderóse de sus músculos y sus fuerzas desvaneciéronse
humo, lágrimas, viento helado y ardor en la piel
encontróse sólo sobre el pasto quemado en una mañana de niebla y rocío
de espaldas a los vestigios muertos y ennegrecidos de lo que fue su hogar
y de quien fue su refugio.
comprendía también que todo el remordimiento

que rasgaba la piel de su corazón
era la culpa que sentía, la culpa que se adjudicó y, que ahora,
estaba reapareciendo.
Sólo le quedaba interpretar algo.
y en ese instante, el perfume se acentuó con claridad
irrumpiendo entre los pensamientos y cavilaciones
nada parecía ser más importante que su delicada pero gloriosa presencia
como un torbellino lo recorrió, hasta que le impregnó su naturaleza
humedecidos sus ojos y sus manos,

él sólo podía percibir atento y dispuesto
rendido y agotado..
en el momento en que se despojó de la atroz culpa

que guardaba en su interior
redimiendo su pasado y reescribiendo su presente
él, radiante, los vio nacer
brotes de gozo, una nueva primavera se irigía en su corazón.